Hace algunos días tuve la fortuna de encontrarme en internet a una amiga, y entre saludos y recuerdos me dijo que qué bueno que no estoy allá, en México, porque las cosas se están muy feas, muy difíciles... Pero esa no es novedad, desde hace siglos el mundo está difícil, y “feo” (no es que la época de nuestros abuelos, o bisabuelos aún en la revolución, estuviese más bella que la nuestra entre balas, pobreza y hambre).
¿Por qué nos asustamos? Los problemas siempre han estado: delincuencia, injusticia, inseguridad, robos, fraudes, drogas, malas compañías, armas, terrorismo de bajo perfil, corrupción, impunidad… Pero antes de enunciar la famosa frase de adulto mayor “ya no es lo mismo que antes” o “en mis tiempos no era así”, deberíamos preguntar:
¿En verdad es que antes se denunciaban los delitos? Mejor aún ¿es que antes existía la autoridad para resolver y castigarlos? ¿Es que antes los delincuentes se la pensaban dos veces antes de dañar a los demás? O, sin irnos más lejos, ¿desde cuándo los delincuentes dejaron de utilizar traje y corbata? Esto deberíamos preguntarnos antes de entrar en pánico de frente a las terribles noticias que la última semana y media nos están minando el cerebro, los nervios, la esperanza.
Así como el oficio más antiguo (i.e. la prostitución), “el narco” siempre ha existido sobre la faz de la tierra. Que alce la mano quién nunca supo que el pecado del primer hombre se debió a la curiosidad por conocer aquello que le “revelaría” la ingestión del fruto (al estilo peyote u hongo de Xico) y que Satanás, aprovechando el momento, inauguró el negocio de lucrar con los vicios del alma humana.
Lo único que no existía en tiempos anteriores al nuestro es el miedo.
El miedo que se viste de tantas formas, no sólo de serpiente, con el objetivo único de empujarnos al interior de la casa, tras la puerta de la recámara, bajo la cama. Y lo logra! Estamos preocupados, tenemos miedo, pero no nos lanzamos un poquito más allá de las simples notas coloradas, no nos esforzamos para ver más allá de la cortina de humo que nos está cubriendo, escondiendo derechos, opinión y, sobre todo, libertad.
Libertad y derechos que vemos cada vez más lejanos e irreales por causa del miedo que, según dicen, nos obliga a dejar a los hijos detrás de la televisión en lugar de dejarlos salir a la colonia; ese miedo que nos amenaza cada día frente al volante y con las ventanas arriba; que nos asecha cuando la pensamos en ir por el sueldo al cajero; o el temor de que un número desconocido nos haga pensar inmediatamente que el marido salió del trabajo y no ha regresado…
Pero si lo pensamos bien, en situaciones como estas, no hay razón para tener miedo… finalmente, es un resultado de lo que HEMOS o NO HEMOS HECHO en el pasado. NO hay razón de tener miedo de las consecuencias de nuestras decisiones. Todo el contrario, es razón suficiente para ser responsables del mismo miedo que nos invade, por haberlo dejado entrar a nuestras casas, por permitirle caminar por nuestras calles, gobernar las urnas, y hacer negocios con la debilidad humana.
No sólo quisiera hacer preguntas, pero las respuestas no las tengo.
¿Hasta cuándo tendremos miedo?
jueves, 25 de septiembre de 2008
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